Me dormía con el sonido del océano y me despertaba con los primeros rayos de Sol y el canto de los pájaros. Entonces me sentía una parte muy pequeña de algo muy grande: nuestro planeta. 

Hace 10 años empecé a practicar yoga e incorporé este estilo de la vida en mi día a día. Empecé a interesarme por el estilo de vida natural, a comprar productos ecológicos y poco a poco eliminar el uso del plástico en mi vida. Comencé a descubrir y conocer nuevas prácticas y trucos que me iban absorbiendo cada vez más. Lo tomaba como una especie de juego, donde cada día tenía que superar obstáculos y pasar a un nuevo nivel.

Planificando mis vacaciones en el año 2016, quería hacer algo distinto a un simple viaje turístico, por lo que decidí irme a Costa Rica para participar en un programa de voluntariado de protección de tortugas marinas. La verdad es que las condiciones en las que vivía allí eran complicadas, pues no había electricidad, agua caliente e internet. La casita donde dormía era un bungalow de madera cuyas paredes eran de rejilla anti-mosquitos. El pueblo más cercano estaba a una hora y media y el día que se nos rompía el coche teníamos que ir a caballo.

Durante mi estancia en Costa Rica descubrí lugares silvestres donde no había estado un ser humano antes. Observé muchos animales salvajes, como el oso perezoso, los monos, caballos salvajes, tortugas marinas, ballenas, delfines o tiburones, entre muchos otros. Allí entendí que nosotros, los humanos, formamos parte de la red de la vida que está compuesta por todos los habitantes de este planeta y no podemos existir los unos sin los otros. Comprendí que destruyendo el planeta nos destruimos a nosotros mismos también. Finalmente, mis vacaciones llegaron a su fin y llegó el momento de volver a mi vida en Barcelona.

Al regresar tuve ganas de cambiar mi vida y comencé la búsqueda de algo que me diera ganas de despertar cada mañana y al mismo tiempo me permitiera cuidar del planeta. Fue enconces cuando me topé con un artículo que hablaba de una técnica vanguardista de Japón que ayudaba a la gente a desestresarse mediante los paseos por los bosques. Durante uno de los ejercicios que proponía esta técnica nipona tuve la misma sensación que en mis vacaciones en Costa Rica, que era una pequeña parte de algo más grande, y se me saltó una lágrima. Entonces entendí que esto era justo lo que andaba buscando.

Recargar las pilas con la ayuda de la naturaleza, pasar tiempo al aire libre lejos del caos de la ciudad reconectar con uno mismo y con la naturaleza… 

¿Qué puede haber mejor?

Así nació el proyecto Musgo y cómo me convertí en guía de Baños de Bosque (Shinrin Yoku). 

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